Alfredo Pajes
Cuando comencé mi carrera profesional tenía apenas diecisiete años. A días de haber culminado la secundaria ya estaba trabajando como auxiliar contable en una empresa dedicada al rubro del comercio.
Una de mis tareas diarias consistía en recibir la cobranza y rendirle la contribución al administrador que era mi jefe directo. Un día la cobranza tuvo un pequeño faltante. El repartidor/cobrador se había excusado conmigo argumentando que había tomado parte de la recaudación para pagar su almuerzo porque ya no tenía dinero. Promesa mediante, lo reembolsaría al día siguiente. Yo, incrédulo principiante, convencido del asunto fui con esa misma versión a rendir la recaudación del día al jefe. Acto seguido, recibí la primera “observación importante”. Utilizo este término para suavizar la experiencia del momento. Explicación va, explicación viene, en definitiva, el mensaje era que yo debería de aprender que si eso me hacían una vez, me lo iban a hacer siempre y debía dejar de lado mi sensibilidad. Pero lo que me quedó grabada en la memoria fue la frase que remató la lección de management de aquel momento: “Mirá que la empresa no tiene corazón”.
Recuerdo que en esa clase magistral del día, me ardían las tripas, sentía que me estaba quemando por dentro y en mi garganta, la sensación de estar gestándose un nudo marinero, de esos que aprendí en mis épocas de boy scout. Comenzaba así una serie de aprendizajes del mundo laboral que iban a formarme como profesional y que me siguen formando hasta ahora.
Años más tarde y después de haber pasado por otras empresas tuve la oportunidad de tener nuevamente otra clase de aquellas, pero en esta oportunidad con una maestra. A estas alturas yo ya no era un aprendiz de diecisiete años, ya tenía cierta experiencia y había culminado la universidad.
Me encontraba trabajando en el área de recursos humanos, pero era bastante nuevo en el sector y sin mucha experiencia en éste campo. Era un área totalmente desconocida para mi hasta ese momento pero que me llamaba poderosamente la atención.
En fin, por esos meses teníamos el desafío de realizar una reingeniería de procesos y de personas. Una oportunidad de transformación organizacional que, entre otras cosas, nos impulsaba a realizar algunos ajustes en la estructura. Como es natural en este tipo de procesos en que las compañías evolucionan, de alguna manera sentíamos lo que pasaba pero también entendíamos lo que se precisaba en ese momento. No podíamos retener a todos. Pero lo que rescato de la experiencia es lo que esta líder me decía: “Pase lo que pase, la persona en primer lugar”. Y jamás lo olvidé y hasta hoy agradezco esas pequeñas grandes frases que te marcan para siempre. No había discusión. Había que hacer lo que se tenía que hacer pero con esa premisa. La persona en primer lugar. Y esa es una filosofía que hasta ahora permanece.
Hoy, después de haber pasado algunos años, sigo recordando la frase de ambos maestros y me doy cuenta de qué tan importante es para los líderes, los que gestionamos personas todos los días, no perder ese foco en lo humano. Mostrar sensibilidad de ninguna manera resta a la autoridad que uno pueda tener para gestionar negocios o personas. Hoy día esa característica es considerada más una fortaleza que una debilidad.
Es un hecho que las empresas se crean para ser rentables. Eso no está en discusión. Tampoco vamos a discutir que las empresas finalmente las hacen las personas. He aquí la cuestión: las personas sí tienen corazón al igual que el líder. El desafío es que éste no lo olvide. Por eso vuelvo a destacar la importancia de formar más líderes emocionales.
Las empresas que manejan al talento interno con un toque de sensibilidad o humanidad generan niveles de productividad y eficiencia muchos más elevados que aquellas que solo se concentran en los números. Éstas difícilmente puedan sostenerse en el tiempo con las mismas personas. El compromiso no es sólido y el arraigo tampoco. Así como vinieron, se van. Hay una reflexión por ahí que dice que las personas terminan renunciando no por el trabajo sino por los jefes que tienen.
Los líderes de equipos, las personas que trabajamos con y para ellos, debemos estar listos para impulsar el respeto, la colaboración y la empatía. Ser un líder más humano nos conecta más con la realidad, con los sentimientos, con la persona antes que con el recurso; con el nombre antes que con un simple código o número de legajo. Es importante ubicarnos en el lugar de los demás y replantearnos nuestro estilo de gestión y no dejar por sentado que todo lo que hacemos lo estamos haciendo bien. Parar el balón y escuchar ese órgano interno, vital que late y que nos delata.
No es perdonar un faltante, es haber entendido el motivo. No es reducir una nómina sin haber mostrado empatía. Solo se trata de elevar nuestra sensibilidad y ponernos en el lugar de los demás y a partir de ahí analizar, tomar decisiones, ejecutar y continuar avanzando. Y quien dice, capaz algún día, logremos que más empresas tengan corazón.