Por: Gaby Rojas Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay.
@gabyteasdale
“Tenía un hermoso cabello rojo, unos ojos penetrantes color avellana que cambiaban de verde a azul y un extraño sentido del humor. Amaba a los animales, los viajes por carretera, el Minecraft, los Legos y el helado de chocolate. Era mi ángel y ahora es mi ángel en el cielo”. Era así como la mamá de Peyton James lo describía en una entrevista que leí recientemente y me partió el corazón.
En la nota, la mamá contaba que Peyton nació en el 2001, llegó nueve semanas antes de tiempo y pesaba solo 1,15 kilos. Pasó 35 días en cuidados intensivos antes de poder volver a la casa. Mientras estaba en el hospital, pasó tres semanas con oxígeno puro y fue alimentado a través de un tubo. Lo que no se sabía entonces era que la nutrición líquida con el oxígeno le causarían una decoloración en el esmalte de sus dientes permanentes, un problema que fue manifestándose poco a poco. Cuando estaba en segundo grado comenzaron las burlas: “¿por qué no te cepillas los dientes? ¿Por qué tus dientes son tan desagradables?”. Aunque sus dientes estaban sanos, tenían un color amarillo claro. También fue objeto de burlas por el color de su pelo, sus anteojos y por el hecho de que era más pequeño que la mayoría de los otros niños. Lo veían como el débil.
A medida que Peyton crecía, se cuestionaba cada vez más a menudo por qué las personas eran tan malas con él. Preguntaba siempre a su madre: “mamá, ¿por qué la gente no puede ser amable?”.
Ella relataba que nunca supo realmente cómo responder a esa pregunta, así que trataba de alentarlo para que él fuera el amable. También le decía todas las cosas que un padre le dice a un niño: que él era especial, que era inteligente, que era amado. Pero a medida que los niños crecen, las palabras de un padre se ven eclipsadas por las de sus compañeros. Entonces, un día como cualquier otro después de llegar a la casa, Peyton se encerró en su habitación, algo típico de los adolescentes. Su madre pensó que solo necesitaba un tiempo a solas. Después de unos 20 minutos, fue a ver cómo estaba y lo encontró colgado del ventilador de techo. No hubo advertencia ni nota. El 13 de octubre del 2014 al mediodía, Peyton fue declarado con muerte cerebral. Esa misma noche dio su último regalo donando sus órganos, córneas y piel. Salvó las vidas de seis personas y mejoró las de muchos otros.
Recordé esta triste historia luego de conversar hace unos días con algunas madres cuyos hijos están siendo objeto de burlas en el colegio, víctimas de bullying. Estas madres me manifestaban su preocupación y buscaban ayuda y orientación. No es fácil manejar la situación cuando nos gana la impotencia frente a un hijo que se siente rechazado y maltratado psicológicamente por otros. Una de las madres me decía: “mi hija llega a la casa y empieza a llorar desconsoladamente, lo único que busca es estar sola, me ha llegado a mostrar los mensajes hirientes que recibe, las notas con comentarios crueles que le dejan en su mochila. No sé qué puedo hacer. He tratado de hablar con los padres, ya que somos un equipo, nuestros hijos están todos los días juntos, pero se torna imposible, porque cada uno tiene su propia versión y de esta manera evitan ver el problema. Nadie busca el diálogo y la unión. Nadie pide ayuda y tampoco están dispuestos a ayudar”.
La organización que lidero ha estado enseñando valores en casi doscientas escuelas públicas el último año. Y las historias que nos llegan después de desarrollar temas como la autoestima, el perdón y el respeto –entre otros valores– son verdaderamente desgarradoras. Niños que piensan en el suicidio y las drogas porque no son aceptados entre sus pares o por las dificultades que les toca vivir dentro del seno familiar.
El papa Francisco nos recordó en un mensaje reciente que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo e hizo un exhorto a que nuestro compromiso sea entregar a la sociedad seres humanos con valores sólidos, que busquen trabajar por el bien común para contribuir en la construcción de un mundo mejor.
Me gustaría invitar a cada padre, a cada madre, a observar cómo están las cosas por casa, en una mirada franca, no desde la hipocresía sino desde la sinceridad. Intentemos identificar cómo nos llevamos entre los miembros de la familia, si existen agresiones y discusiones a menudo, si podemos lidiar de alguna forma con esos conflictos. Reconozcamos la manera en la que nos hablamos. ¿Nos parece normal juzgar y burlarnos de otros? ¿Son el respeto y la tolerancia valores que se viven en nuestra casa? ¿Podríamos asegurar que conocemos lo suficiente a nuestros hijos? ¿Estamos seguros que somos un ejemplo positivo en sus vidas? Observemos atentamente para identificar si nuestros hijos son víctimas o agresores. Y no bajemos la guardia.
Seamos agentes de cambio en casa, porque no podemos permitir y permitirnos dañar la vida de los demás con comentarios y acciones dolorosas y negativas. Dialoguemos, observemos y cuidémonos unos a otros.
Vivamos el más importante de todos los valores: el amor.