Por: Gaby Rojas Teasdale
Presidenta de la Fundación Transformación Paraguay.
@gabyteasdale
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Una pregunta que hago a menudo a mis alumnos es ¿dónde empieza el liderazgo? Las respuestas más frecuentes pueden ser en la casa, en la escuela, en la comunidad. Pero lo cierto es que el liderazgo empieza en uno mismo. Es muy difícil que lideremos con autoridad a otros cuando no somos capaces de liderarnos a nosotros mismos. Porque no se puede dar lo que no se tiene.
Quiero hablar de una experiencia personal que ilustra perfectamente este razonamiento. En febrero escalé la montaña del Kilimanjaro, en Tanzania, una de los desafíos más difíciles que asumí en mi vida. En ese lugar no había electricidad, agua, fuego, baño, internet, ninguna de las comodidades a las que estamos acostumbrados. Solo había un largo camino que transitar y un frío que calaba los huesos, muy difícil de tolerar. Recuerdo que inicié el desafío con mucho entusiasmo ya que era una meta que hacía mucho tiempo anhelaba cumplir. El primer día al llegar al campamento, después de caminar 10 horas, empecé a lidiar con mis pensamientos. El entusiasmo se transformó en dificultad, miedo e incomodidad. Empecé a cuestionarme sobre la meta que me había trazado. Pero fue al finalizar el segundo día cuando sentí que perdía el control sobre mi visión y mis emociones. No me sentía capaz de avanzar, las circunstancias empezaron a controlarme. Me costaba liderarme a mí misma.
Creo que alcanzar el éxito solo es posible cuando dominamos nuestras emociones, apetitos, inclinaciones y permanecemos fieles a nuestras ideas. Cuando no nos permitimos sucumbir ante el miedo y la inseguridad. Las personas que no pueden controlar sus emociones se vuelven débiles y vulnerables, y eso se convierte en un obstáculo para el cumplimiento de sus metas.
En esos largos seis días en la montaña tuve que recordar cinco hábitos de autoliderazgo muy importantes que me ayudaron a conectarme conmigo misma en un ambiente diferente y lleno de obstáculos.
Primer hábito: administrar el tiempo. Todos los días debía administrar el tiempo, levantarme temprano, tomar descansos durante las caminatas, manejar el ritmo de la marcha, dormir lo necesario. También tuve que administrar mis recursos: todas las noches debía preparar una mochila bien ligera con snacks y la cantidad de agua necesaria para las diez horas de trayecto de la siguiente jornada. Administrar tiempo y recursos nos fortalece como líderes. ¿Tienes un sistema efectivo para hacerlo?
Segundo hábito: trabajar en equipo. En la montaña no estuve sola, me acompañaron once personas. Cada uno tenía una tarea que cumplir: uno cocinaba, otro montaba las carpas, otros cargaban los bolsos y el agua. Pensar la forma en que podía aportar al equipo me ayudó a enfocarme en mi objetivo. Un buen líder es aquel cuyo esfuerzo individual está enfocado en su contribución al entorno.
Tercer hábito: trabajar nuestros puntos fuertes. La fortaleza es un activo. El segundo día en la montaña quise abandonar mi sueño porque sentí que no tenía fuerzas, no me sentí capaz de continuar. Pero mi coach estuvo a mi lado recordándome que yo era una persona perseverante, con potencial, alguien que no abandonaba sus sueños, alguien que no se daba por vencida fácilmente. Sus palabras fueron claves para reconocer nuevamente mis habilidades, mi nivel de compromiso y mi visión. Un líder efectivo siempre busca potenciar sus fortalezas y las de los demás, en lugar de concentrarse en sus debilidades.
Cuarto hábito: reconocer las prioridades y cumplir con ellas. En la montaña mis prioridades fueron: 1) cuidarme; 2) disfrutar del viaje y 3) llegar a la meta. Un líder que quiere conducirse con excelencia en la vida debe concentrarse en sus tareas más importantes.
Quinto hábito: tomar decisiones. Somos responsables de nuestras decisiones y acciones. Yo decidí llegar a lo alto del Kilimanjaro, escalé 5.895 metros, estuve en la cima y allí puede disfrutar de mi ser, agradecer por cada dificultad y cada avance que tuve, y reconocer que uno siempre puede desafiar su máximo potencial. Un líder debe desafiarse a sí mismo a pesar de las dificultades buscando la excelencia.
Liderarse a uno mismo es una tarea muy difícil, pero definitivamente ¡vale la pena hacerlo!