Por: Martín Burt, PhD.
Director Ejecutivo de Fundación Paraguaya.
Hace un par de semanas en una conferencia organizada en la Universidad Católica Argentina, el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF) me invitó a hablar sobre el Semáforo de Eliminación de Pobreza, metodología que desarrollamos en Fundación Paraguaya y que hoy implementan 200 organizaciones de 23 países. El tema de la reunión con académicos y activistas sociales era la “pobreza y desigualdad escondida” y la preocupación de que el crecimiento económico y los subsidios gubernamentales no siempre conllevaban directamente el bienestar de las familias humildes. El comentario generalizado de los expertos argentinos era que estas requerían una intervención más intensa y focalizada, por lo que había que encontrar maneras de sortear las trampas de la pobreza.
Este pensamiento está cundiendo a nivel mundial. Por eso, no me llamó la atención que unos días antes de dejar el cargo, la ministra Soledad Núñez de la Senavitat me invitara al barrio San Francisco para hablar de la pobreza invisible que afecta a las 1.000 familias que recientemente estrenaron sus flamantes viviendas. Al llegar al barrio me vi impresionado por los modernos edificios, las conexiones eléctricas subterráneas y las calles impecablemente asfaltadas, pero las familias eran las mismas, inmersas en la misma pobreza de siempre, “la que se vuelve invisible ante nuestros ojos”.
La ministra me dijo preocupada: “Nuestro trabajo no se limita a entregar casas de materiales, nos preocupa la pobreza multidimensional que muchas veces no se ve, pero que sabemos afecta negativamente a estas familias. Nuestro deseo es que todas estas familias lleven una vida digna”.
No estaba equivocada. Usando el Semáforo de Eliminación de Pobreza, 780 familias se auto diagnosticaron con la ayuda de técnicos de Hábitat para la Humanidad, Fundación Moisés Bertoni, y Senavitat. Ellos y nosotros nos encontramos con las típicas condiciones de vida de la gente humilde de nuestro país. Incluso peor. A diferencia del resto del país, donde la pobreza monetaria alcanza a 1 de cada 4 compatriotas, en el barrio San Francisco afecta a 2 de cada 3 familias. Específicamente, de las 406 familias pobres, 151 familias pasan hambre, es decir no tienen dinero para consumir las 2.500 calorías que posee la canasta básica de alimentos y la que determina el nivel de pobreza monetaria nacional. Encontramos también que el promedio de ingresos familiares mensual está en Gs. 2.5 millones, mientras que el promedio nacional es de Gs. 4.6 millones según los datos del gobierno.
El problema, y la oportunidad, es que la pobreza es multidimensional, no solo tiene que ver con falta de ingresos, sino con falta de empleo, de educación y cultura, de vivienda e infraestructura, de salud y ambiente saludable, y de organización y participación ciudadana. La pobreza también tiene que ver con la motivación e interioridad de la familia, como la falta de autoestima, y violencia familiar, indicadores subjetivos y blandos que pocas veces forman parte de las herramientas de medición de pobreza.
En el barrio San Francisco no todo es crisis. Obviamente la Senavitat ha logrado ahí éxitos fantásticos: por definición todos tienen viviendas seguras y amplias con cocinas y baños modernos, electricidad, TV, medios de transporte regular, escuela, servicio de puesto de salud, agua potable, recolección de basura y cédulas de identidad. Pero pensar que solamente aumentar los ingresos familiares solucionaría el problema, no resolverá datos catastróficos: solo 40 familias tienen ahorros, solo 389 acceden al crédito, solo 106 familias tienen seguros, y 81 familias viven con personas con alguna discapacidad. Además, solo 236 familias dicen tener capacidad para presupuestar sus gastos y planificar su futuro y solo 275 familias integran algún grupo de autoayuda; 340 no pertenecen a grupo alguno.
La buena noticia es que el Semáforo de Eliminación de Pobreza no solo permitió que las familias del barrio San Francisco se concienticen. También ayudó a que cada familia desarrolle su Mapa de Vida y que priorice los indicadores que ellos consideran le permitirán tener una vida digna.
En el ejercicio de priorización no nos sorprendió que la mayoría de las familias reclamasen facilidades para ahorrar antes que aumentar sus ingresos familiares. O que arreglarse los dientes y acceder a anteojos fuese más importante que contar con confort del hogar. La otra buena noticia es que todas las carencias que afectan a las familias son entendibles, alcanzables, y accionables por ellas mismas, motivo por el cual solamente cabe motivarnos y capacitarnos todos para que estas familias accedan a los recursos difíciles pero ya existentes en nuestro país.